El Erotismo En Los Tiempos De 50 Sombras De Grey

bondage-sombras-greyFuente: Playboy

Nueva entrega de nuestra columna semanal: Libros Al Desnudo. ¿Ya leíste 50 sombras de Grey? ¿Falso erotismo?
Por Jaime Garba (@jaimegarba)

Una de las cosas más estupendas de cuerpo humano es el erotismo, aquel flujo poderoso que invade nuestros seres al sentirnos atraídos por alguien. Los griegos lo personificaron en el dios Eros, que combinaba en absoluto equilibrio el amor apasionado con el deseo sexual, en una palabra: sensualidad. No obstante hoy, en un mundo vertiginoso, el erotismo se puede materializar de muchas maneras, lo que significa encontrarnos con ese flujo invasor constantemente a veces cuando menos lo esperamos, pero esas posibilidades desafortunadamente también traen consigo trampas, pornografía disfrazada que tergiversa el sentido exquisito del arte del erotismo. No digo que la pornografía esté mal, en absoluto, pero como diría Cantinflas: una cosa es una cosa, y otra cosa es otra cosa.

Yo conocí el erotismo de una forma curiosa, cuando estaba en la secundaria, teniendo algunos trece años, ya saben, con la hormona alborotada en plenitud. Jóvenes ansiosos como éramos, poco nos importaba predisponernos a la parsimonia de cada una de las sensaciones que traía consigo lo erótico. Si nos ponían enfrente a la Venus de Milo no pensábamos en la calidad artística de la escultura, sino, adivinen qué, en los pequeños y perfectos senos de la dama sin brazos, y nadie podía culparnos por ello; así como tampoco era extraño que en clase de reproducción sexual afináramos la vista para ver el pezón de la mujer que amamantaba, o el reírnos cada que el profesor mencionaba la palabra vagina o pene. Sin embargo, un día mis compañeros y yo fuimos dotados de la sapiencia de una forma inesperada. Por aquellos años era famoso entre la chaviza el canal Golden Choice, no por su barra de películas de estreno, sino porque alrededor de las once de la noche pasaban filmes para adultos. Recuerdo el día que mi amigo Manolo llegó a la escuela entusiasmado, como quien encuentra un tesoro. “Wey, no inventen, ¿no vieron el Golden ayer? Pasaron una porno.” Esa fue la palabra que usó y que nos tuvo la jornada de clases, y el resto del día ansiosos por ver su descubrimiento. Llegada la hora estaba nervioso, prendí el televisor y bajé todo el volumen, miraba los comerciales a la par que vigilaba la puerta, no quería ser descubierto por mis padres en plena función. De pronto comenzó, pero oh la, la, aquello no fue pornografía, era un largometraje erótico. Al día siguiente llegamos todos queriendo hablar de la película, nos interrumpíamos, la algarabía era unánime. Ante la extrañeza de las compañeras comenzó uno, después otro, así sucesivamente. Lo curioso fue que nadie dijo algo sobre mujeres desnudas, todos nos sentimos atraídos más por la historia narrada y lo que representaba que por las escenas de sexo; aquella trataba de una joven colegiala que tomaba clases de violoncelo con un hombre elegante y maduro en un departamento de París, los primeros quince minutos del largometraje constaron en el dilema de la chica que se enamoraba de su profesor y que no sabía si entregársele cediendo a sus pasiones. Las miradas, la música, el toqueteo de la joven recorriendo sus piernas, la lengua rozando sus labios a la par que imaginaba a su maestro sujetando por detrás sus brazos para hacer sonar el instrumento, mientras le dice “vous êtes belle”. Soberbio. Allí
50 sombras de greyestábamos un grupo de calientes chavos de secundaria manifestando por primera vez nuestro encuentro con el erotismo.

Creo que lo fascinante de lo erótico radica en que no se debe esperar, sucede espontáneamente, como una explosión cósmica que se desata en un microsegundo. Benditos sean quienes lo han sentido y que poco han vivido quienes se niegan a hacerlo.

Escribo esto porque mi morbo me ha llevado a preguntarme por qué libros como 50 Sombras de Grey y una extensa, créanlo, extensa variedad de títulos similares han sido hitos “literarios”. Todo inició porque por las noches, cansado de la rutina diaria, pero aún ávido por sacarle provecho al día, decidí hacer algunas lecturas que denomino “domingueras” porque da igual si se olvidan al día siguiente. Me dispuse a buscar en el Kindle algunas y sin querer queriendo llegué a lecturas (que los intelectuales me perdonen) de obras como “Poseída” de Lisa Swann, “Secuestrada por un millonario” de Lindsay Vance, “Rock You”, de Nina Marx. Leía y algo no me cuadraba, sentía que iba en círculos, entonces caí en cuenta de que todas contaban la misma premisa con ligeras variaciones: una joven e inocente chica, que apenas va sentando las bases de su carrera profesional conoce al empresario exitoso, caballeroso, bello, viril… perfecto; y éste se dispone a enamorarla, lo cual los lleva por una vorágine de sexo desenfrenado que destruye de golpe cualquier estigma o tapujo. Parecería broma, pero todas estas novelas se venden por millones, se traducen a más idiomas que Rayuela de Cortázar y tienen un éxito increíble a pesar de que su estructura narrativa es nada exigente, pareciera que los escritores tienen una ruleta con varias opciones que hacen girar para ver qué narrarán en el siguiente capítulo. ¿Por qué hay tanta demanda de estos libros? Mi teoría parte del hecho de que la mayoría de los lectores (lectoras si soy más preciso) son mujeres maduras, mayores de treinta años que ven proyectados sus deseos en el personaje femenino, allí depositan sus pasiones y se dejan llevar por la sumisión y la sexualidad sin control, en pocas palabras, hacen a través del personaje lo que no se atreverían hacer en la realidad. El problema radica en que lo que leen es falso erotismo, pues no hay seducción, sensualidad, sino trucos baratos para enganchar, una inyección de placebo en vez de verdadera adrenalina. Si ven alguna similitud entre la película que citaba y el núcleo de estas novelas, no la hay, en la primera hay esmero por los detalles, estética de la sexualidad, atmósfera perfecta, delicadeza; mientras que en las segundas hay parafernalia, sicalipsis.

Quienes se jactan de que eso es literatura erótica hay que prestarles obras esenciales como “Lolita” de Nabokov, “El amante” de Marguerite Duras, “Las once mil vergas” de Apollinaire, “Trópico de cáncer”, de Henry Miller; por mencionar tan sólo unas cuantas. Obras algunas directas, otras más sutiles, pero todas apelando al sentido más estricto del erotismo, aquel que no se debe intentar explicar o entender, sino vivir.

Que Eros nos guíe por el buen camino y que jamás nos permita alejarnos de su esencia, que en estos tiempos tan complejos, una de las cosas que nos puede aliviar el alma es sin duda buenas dosis de erotismo.